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Quien viaja en autos rurales aún corre muchos riesgos

autos rurales
La Gaceta

Viajar al sur en los vehículos llamados “piratas”puede ser un verdadero peligro. Desde Monteros hasta Alberdi, circulan muchos en muy mal estado. No hay controles. Padecimiento del pasajero.

La cantinela resuena desde temprano en la plaza Independencia y en sus alrededores: “Aguilares, Concepción, Alberdi, La Cocha, Monteros…”. “Adonde va a i’ señora”, “Si va pa’ Monteros, tiene que busca’ un auto en una cochera de Entre Ríos primera cuadra” en la guardería, (me explica) convertida desde hace tiempo en uno de los búnkers de los autos rurales compartidos, hay más de 20 coches a la espera de pasajeros. Desde el fondo, se cuela el ritmo de una cumbia. “Va a tener que esperar un ratito que se junten cuatro pasajeros”, advierte un chofer.

En un desvencijado banco de madera, acurrucado, ya hay un joven que aguarda desde hace media hora. “Esperar… ese es el drama de los piratas”, me apunta este usuario habitual del servicio.

Así arrancamos nuestra odisea de viajar al sur de la provincia en un auto rural compartido, un sistema que fue legalizado en junio de 2005, hace siete años. En todo este tiempo, según los pasajeros y los propios choferes, hubo algunas mejoras, especialmente en los autos que entran a la capital. En el interior, los viajes siguen siendo tan inseguros como entonces y la cantidad de ilegales no baja.

La gente ya se acostumbró a usarlos y, aunque reconoce que se arriesga, dice que son una mejor opción que trasladarse en ómnibus.

“Van mucho más rápido que los colectivos. Aparte, los conseguís a pocos metros del centro y si les das unos pesos más te llevan hasta la puerta del lugar adonde vas”, explica el joven de la guardería. Ha pasado media hora y seguimos esperando que el auto rural se llene. Se oyen ruidos de motores y una nube de humo nos cubre: es uno de los coches, que sale hacia Aguilares. Dentro de la guardería se ve de todo: hay autos relativamente nuevos y otros que aparecen con el capot atado con alambre, a punto de destartalarse.

“Es mejor subirse y relajarse, porque no sabés qué te va a tocar. Podés viajar cómoda, con calefacción, por la nueva traza de la ruta 38. O te puede tocar un Falcon sin ventanilla que te lleve a dos por hora. Tené en cuenta que si hay controles y el pirata no tiene papeles, lo más probable es que el viaje sea por caminos interpueblos, de ripio”. Enseguida aparecen otros dos pasajeros y ¡aleluya! ya estamos en camino hacia Monteros.

Nos lleva un chofer amable, aseado y respetuoso de las normas de tránsito. El viaje transcurre tranquilo y bastante veloz. En el camino, el hombre cuenta que tiene tres hijos y que viaja dos o tres veces por día. Trabaja más de 12 horas. En promedio, recauda entre $ 240 y $ 300 (cada pasajero paga $ 15). El hombre se ríe porque, pese a que se ha legalizado el servicio, ellos no han perdido el mote de “piratas”. Se queja en varias oportunidades, principalmente, porque cree que hay mucho descontrol en el mundo de los autos rurales. “Yo invertí en mi coche y pertenezco a una cooperativa, tengo los papeles en regla y pago todos los meses un canon para poder circular. Pero en la ruta me cruzo con muchos vehículos ilegales. Y nunca hay controles, en especial desde Monteros hacia el sur. Eso es tierra de nadie. Si salen a hacer operativos, los piratas cortan la ruta. Parece que la Policía no quiere problemas”, apunta.

Pasaron 45 minutos y ya estamos en Monteros. Los tres pasajeros que me acompañan levantan sus pesados párpados, se bajan y se pierden en una feria. La “aventura” continúa frente a la terminal de ómnibus, allí donde paran una veintena de autos rurales. Enseguida, los choferes salen a la caza. Ahí no hay que esperar más de cinco minutos para que se llene el auto que me llevará primero hasta Concepción y luego hasta Aguilares y Alberdi.

Esta vez el coche es un Ford Falcon blanco, está chocado en varias partes, las puertas no le cierran bien y carece de patente. En total, somos cuatro pasajeros. Y luego cinco, y seis contando al niño que va sobre la falda de su mamá. Vamos tres adelante y cuatro atrás. Del espejo retrovisor (por suerte lo tiene) cuelga un rosario. Una estampita dice “Protege nuestro viaje”. Es evidente que este chofer confía demasiado en la ayuda celestial. Aunque conduce despacio, se larga una y otra vez a sobrepasar larguísimas rastras cañeras.

Los asientos del auto son de cuerina marrón, de los que asoman pedazos de goma espuma. Las ventanas no se abren. El frío nos congela. “Es una vergüenza. Está todo mugriento. Este auto se va desarmando. Con los piratas, uno nunca sabe si llega a destino. El tema es que al colectivo no lo vuelvo a usar más. Son lentos y cada tanto te dejan varada en la ruta”ademas viajas toda amontonada y si sos mayor, embarazada o por alguna razón necesitas un reservado te vas a cansar de pedirlo ya que nadie te sede el asiento y el chófer no se hace cargo, dice una maestra, que se identifica como Sonia. Se baja en Río Seco.

De ahí en más, el “pirata” empieza a desplazarse lentamente, asechante, como depredador buscando sus presas en las paradas de los colectivos. A eso ellos le llaman “boletear”. Y lo hacen aunque está prohibido por ley por tratarse de una maniobra peligrosísima en la ruta.

En pocos kilómetros ha infringido varias veces las normas de tránsito: pasó un semáforo en rojo, sobrepasó rodados cuando había doble raya amarilla y, sin anunciar con guiños sus movimientos, se detuvo una y otra vez en las paradas. Eso sin contar que no circula con las luces bajas encendidas y que el vehículo no está identificado con el cartel de “autorizado” que otorga la Dirección de Transporte provincial.

Entre sobresaltos y música tropical, llegamos a destino. Estos son los autos rurales de hoy: un servicio imprevisible, arriesgado, sin control (no atravesamos ni un operativo en más de 60 kilómetros) con vehículos en su mayoría viejos y pasajeros que se entregan sin más armas que el lamento.

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