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Los Alenbagüer

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Diorette Alenbagüer miró a Boris con mirada de cuentas, sin saber que anhelaba una vez más el oximoron filial.

Del otro lado del teléfono su hermano pendía en suspiros; atendió con ánimo desvaído. Se oyó una voz ronca, que le recordaba las noches en las que intercalaba fragmentado sus dulces instancias:

-¿Te desperté?

-No. Solo puedo dormir tres horas en las noches de Julio, sobre todo cuando el viejo franchute, checo, Absinio ese se pone a ultrajar la frasecita para piano de Trépat

-¿Abisino? ¿ Es un felino? A propósito: ¿no pasó Ema por ahi?-preguntó su hermano con voz tremula; ya había perdido el matiz insidioso después de dejar a los troscos.

-No… No vino.

-Estoy preocupado. ¡Le dije que el capital traía azules! Seguramente pergenió algún nuevo Cocktail.

-¿Te parece? No creo. Ahora usa escarpines y se junta con los Baund a leer Balzac, mirar documentales de Botticelli, comer omelettes y hablar del barroquismo de Milton

-Siempre supe que…

Se había cortado la comunicación, cuando Ema había llamado a la puerta de Diorette. Con su ánimo agrezcamente sempiterno atravesó quisquillosa el living bajo el tintineo de las lóbregas arañas que pendulaban en el techo por una inusitada brisa. Abrió la puerta y descubrió que se trataba de Ema que llegaba con la respiración algo jadeante; Doriette le preguntó dónde estaba, que su esposo andaba preocupado buscándola. Ema dejaba escapar algunos lacónicos balbuseos, dejando ver un semblante lívido que se advertía con los destellos umbríos de la luna.

Al instante, nuevamente, sonó el teléfono de Diorette. Atendió presurosa, era su hermano para pedirle disculpas por sus paranoias maritales y avisarle que Ema ya estaba en casa.

 

Pablo Toblli

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